Claudio de Luca: el golf como destino

 

     Claudio De Luca nació rodeado de palos, bolsas y greens. En su casa, el golf era más que un deporte: era una tradición compartida, un lenguaje familiar. De chico, ya acompañaba a sus padres y a su hermano al club, y pronto el Lomas Athletic se convirtió en su segunda casa.

     En 1968, siendo apenas un nene, jugó su primer torneo de menores allí, y ya dejó una marca: tercero a seis hoyos, luego en ese mismo año, jugaba con su mamá el Padres e Hijos y lo ganaba en su categoria.

     Ese sería el inicio de una carrera apasionada y, en muchos sentidos, excepcional marcada por una vida muy especial.

    El talento no tardó en explotar, en 1976, con apenas 17 años recién cumplidos, se consagró campeón del club, convirtiéndose en el ganador más joven del tablero más antiguo de la Argentina, con campeones desde 1897.

    Y no fue un título aislado: repitió en 1977 y 1978, ese mismo año también fue campeón nacional de menores y representó a la Argentina en el sudamericano juvenil disputado en Colombia, donde terminó cuarto en la clasificación individual.

    En un contexto en que el golf sudamericano aún no tenía la profundidad de hoy, De Luca se abría paso con solvencia y determinación.

    Pero el destino tenía planes inesperados, a pesar de su presente brillante, Claudio enfrentaba dos dilemas: un rendimiento académico pobre en la Universidad de Buenos Aires y, sobre todo, un problema físico en las manos que amenazaba su futuro golfístico.

     En 1980, a los 21 años, decidió emigrar a Estados Unidos, la idea era clara: buscar nuevos horizontes, aprender inglés y, tal vez, encontrar una solución para volver a jugar al golf sin dolor.

     El primer intento fue fallido, un contacto lo llevó a inscribirse en una carrera para ser ingeniero en campos de golf (greenkeeper) en un modesto community college al norte de Florida.

     Claudio y su madre, al visitarlo, descubrieron que aquello no era lo que imaginaban: instalaciones precarias y una "cancha" descuidada con apenas unos hoyos de par 3, por lo que decidieron regresar a Miami y repensar el rumbo.

    En medio de esa transición, su padre Pepe De Luca, viajó a visitarlo, pero el golpe más duro llegó poco después: Pepe enfermó gravemente y falleció, truncando no solo el vínculo más importante de su vida, sino también el sostén económico que le permitía estudiar, fue un golpe doble.

     Sin embargo, otra puerta se abrió, gracias a gestiones del doctor Palacios —amigo de la familia y figura del Lomas Athletic— y, del excanciller Quijano, Claudio consiguió una oportunidad para trabajar en Washington y, al mismo tiempo, estudiar finanzas.

     Así inició su carrera universitaria formal en EE.UU. y, también su reencuentro con el golf competitivo: se presentó al equipo universitario, jugó una vuelta de práctica y fue admitido de inmediato.

     El equipo no era sobresaliente, pero eso le permitió acceder a una beca de cinco años que cubría toda su carrera, incluido un máster en finanzas.

     Durante esos años, Claudio compitió en torneos regionales universitarios, ganando algunos, figurando entre los cinco mejores en otros y, disfrutando de una experiencia competitiva rica, aunque lejos de las potencias del golf universitario como Florida, Texas o Arizona. Su conferencia —la Mid Atlantic— era más modesta, pero le dio juego, roce y crecimiento.

     Ya recibido, se casó con Cecilia y, a través de ella accedió al club de golf del Fondo Monetario Internacional (FMI), en Washington, allí el nivel no era alto, pero el golf volvió a abrirle una puerta inesperada: un amigo francés, excelente jugador y alto directivo del FMI, lo introdujo en la institución.

      Claudio comenzó como técnico en computación y con esfuerzo, terminó siendo jefe de operaciones financieras, una carrera de más de tres décadas que culminó con su retiro en 2018, aunque fue convocado nuevamente durante la pandemia para colaborar un año más.

     En su paso por el FMI, Claudio también tuvo un rol estratégico en operaciones internacionales de alto nivel. Fue responsable de la venta del oro que tenía el organismo y encabezó el proceso para integrar el yuan chino como moneda de reserva global.

     Viajó por el mundo en misiones complejas, entre ellas, al Congo, a Irak y Afganistán no viajo justamente por el peligro que esa región, pero trabajo a distancia para participar en procesos de refinanciamiento de deuda en aquellos contextos geopolíticamente sensibles.

      Mientras tanto, el golf lo siguió acompañando, jugó torneos amateurs en verano, aunque el clima en Washington —calor y humedad extremos— lo limitaba.

     Cargaba su bolsa al hombro, como todos, aun así, clasificó a campeonatos nacionales y tuvo la experiencia inolvidable de compartir cancha con futuras leyendas.

     En uno de esos torneos, jugó los mismos días que Tiger Woods y Justin Leonard. Claudio aún recuerda cómo, en Texas, él necesitó tres tiros para alcanzar el green en el par 5 del hoyo 11, mientras que Tiger lo logró con dos y con la misma precisión. "Era impresionante.

     En el driving, yo pegaba un golpe y me daba la vuelta para verlo pegar a él, finalmente me quedaba mirando", recuerda.

      Entre sus participaciones más destacadas figuran el U.S. Amateur del año 1993 y el Mid-Amateur en 1994, dos competencias que marcaron la cima de su etapa amateur en los Estados Unidos.

     Su vínculo con el golf se intensificó en el prestigioso Congressional Country Club, donde fue socio desde fines de los '90. Allí ganó campeonatos regionales por equipos en 1997 y 1998, participó en desempates decisivos, y disfrutó de la alta competencia amateur hasta que, con 40 años, su juego corto comenzó a traicionarlo. "Mi drama fue el green", admite. Sufría lo que podría haber sido un caso de yips, aunque los médicos no encontraron nada anormal. Mientras sus rivales hacían 27 putts por vuelta, él celebraba si bajaba de 36.

     El golf fue su pasión, pero no la única, Claudio también fue —y es— un fanático del fútbol, su devoción lo llevó a presenciar siete Copas del Mundo, recorriendo países y culturas, solo interrumpido en 2022 por un problema de salud que le impidió asistir a su octavo mundial, justo cuando Argentina se consagró campeona en Qatar.

     Además, De Luca es un apasionado coleccionista de vinos, disfruta del ritual, la historia y los sabores y, ha armado una colección tan detallada como su juego de hierros.

     Y si el golf y el vino marcaron su estilo de vida, el esquí fue otra de sus grandes pasiones, en una de sus visitas a Bariloche, sufrió una fractura importante en el Cerro Catedral, pero eso no lo detuvo, volvió a las pistas, y hoy es habitual verlo descendiendo las laderas de Val Thorens, en Francia —una zona famosa por su exigencia y también tristemente recordada por el accidente de Michael Schumacher.

     El golf fue su pasión, pero también su impulso, le abrió puertas, le dio amigos, oportunidades y un marco para crecer profesional y personalmente. “Trabajé 32 años en el FMI, me jubilé, volví un año más durante el COVID, y ahora disfruto del retiro.

     Voy a ser socio vitalicio en el Congressional”, dice con una mezcla de orgullo y serenidad y, aunque también ama el fútbol y el esquí, el golf sigue siendo el eje invisible de su vida.

     Claudio De Luca no llegó al PGA Tour ni levantó trofeos ante miles de cámaras. Pero vivió —y sigue viviendo— una historia extraordinaria, moldeada por el golf. Como jugador, como inmigrante, como profesional y como hombre. Su historia es la de alguien que entendió que el éxito no siempre está en la cima, sino en el camino recorrido con pasión, coraje y dignidad...

 

 

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Por: Carlos Kumec